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  • Miroslava Darinka Rodríguez Chávez

La migración en Mérida


imAgInadigital by Mauricio del Olmo. CC BY-SA 4.0

A la edad de once años me retiré de mi ciudad natal para vivir en un lugar totalmente diferente. En ese entonces no estaba consciente del fenómeno que significaba la migración, pero padecí una adaptación total en diversos aspectos de mi vida. El clima era muy caluroso, la ciudad era menos grande de la que vivía, los modismos y la sociedad en general era totalmente distinta con lo que había vivido hasta ese momento.


Nací en la Ciudad de México, y soy una migrante que se trasladó junto a sus padres en una huida desesperada de la violencia que, desafortunadamente, domina mi lugar de origen. Mientras vivimos en la Ciudad de México, mi familia y yo fuimos testigos de casos desesperanzadores, en donde cárteles y homicidios, muy cercanos a nosotros, eran una realidad palpable. Por lo tanto, Mérida, un sitio donde se reconoce una clara calma y serenidad, fue una opción viable para alejarnos de un estilo de vida caótico.


Ya no hubo más una vida ajetreada de coches en avenidas enormes y tumultos de gente en calles concurridas, como Tlatelolco. No obstante, con el paso del tiempo, gracias a las experiencias que brinda la adaptación nueva gastronomía, nuevas costumbres, nuevas personas, nuevos acentos, y un enorme etcétera— a la par de que obtenía más edad y entendimiento, caí en cuenta de muchos aspectos que predomina en la sociedad yucateca. A los que proceden de otros sitios, son relacionados con su lugar de origen, así como los hábitos sociales predominantes de dicha región, por ende, se conoce a los “chilangos” como gente muy agitada, muy acelerada… y otros aspectos que se mencionan pero no conozco a detalle.


Soy testigo de este prototipo que se tiene sobre los foráneos, ya que lo he escuchado en palabras de unas cuantas personas originarias de este estado y, en más de una ocasión, hubo incluso una docente de mi escuela preparatoria que mencionó despectivamente críticas sobre los “chilangos” en mi presencia; en ese entonces era una joven de dieciséis años y no lo entendí a mal, sin embargo, a día de hoy, puedo decir que es un poco triste saber que a todos lo que provenimos de las afueras de este hermoso y tranquilo lugar, son clasificados como “agresivos” o “violentos”.


Y sí, es entendible, de por medio hay esa incertidumbre general, en donde se ve amenazada la tranquilidad y esa paz que impera, es normal que exista ese miedo de que externos a esta respetable y destacable cultura puedan intentar quebrantar lo que se ha mantenido durante mucho tiempo. Pero, puedo decir y afirmar con la certeza y seguridad de una migrante y foránea de este estado que hay mexicanos, como yo y mi familia, que lo único que buscamos es un lugar en donde establecernos y vivir en armonía en las afueras de esa modalidad de vida que es tan acelerada y somete de una forma garrafal a quienes no han tenido la oportunidad de librarse de ese lugar.


Según el INEGI, entre el 2015 y el 2020 en total llegaron 100, 209 personas en la entidad de Yucatán. En ese mismo intervalo de tiempo fueron 33, 474 personas las que salieron para radicar en otro lugar.


El incremento de la violencia registrada puede deberse al crecimiento demográfico acelerado de Mérida. En 30 años, la ciudad pasó de tener 300 mil habitantes a tener un millón. Los nuevos meridanos son yucatecos provenientes del interior del estado o personas de diferentes estados de la república que antes estaban viviendo en la zona de Cancún. Para estos últimos, Mérida representa un lugar con mayor oferta educativa y cultural o, simplemente, un mercado de trabajo alternativo al de la costa caribeña, el cual ya está saturado. (Cruz, 2009, pág. 172)

Es una realidad que este fenómeno predomine y sea visible para aquellos externos a esta sólida y fuerte cultura, y que a más de uno pueda haberle sucedido algo similar o medianamente parecido a lo que he mencionado. No obstante, lo que es verdad, es que siempre habrá y existirá una diversificación de opiniones y puntos de vista, unos sostenidos y formulados por experiencias propias, otras tantas por conjeturas en base a clasificaciones y las restantes por mera necesidad de expresión o por un intento de aportar sus palabras en ese cúmulo de teorías y señalamientos.


Lo que puede decir una persona como yo, que lo ha palpado y vivido a carne propia, es que es innegable que somos residentes de un mismo lugar, de los mismos cimientos, donde nació una misma historia, donde rigió una cultura longeva y tradicional que fue sometida, que somos hablantes de una misma lengua y que bajo nuestros pies yacen rastros de pisadas antiguas de grandes personajes y ancestros que comparten procedencia y sangre. Que todos somos parte de un sitio llamado México, que ha padecido fuertes fenómenos de violencia y sometimiento por cuestiones que no podemos comprender y mucho menos controlar.


Qué belleza y fortuna saber que existe Mérida, Yucatán, que me ha dado la oportunidad de desarrollarme académicamente, así como el lograr ser una mujer íntegra que puede entender y ser empática con las diversas afirmaciones y percepciones de las distintas culturas y sobre todo que tuve la oportunidad de tener una infancia en donde corrí por las calles y jugué en ellas con mis amigos, y que nada malo me sucedió, ni tampoco a mi familia.


Lo que puedo afirmar es que no hay lugar más tranquilo que mi Mérida.

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